Los ejes de unidad del movimiento de resistencia-IV: Protección de la población frente a entelequias

Ante la posibilidad de no ser suficientemente precisos en las propuestas políticas y organizativas que realizamos en nuestros comunicados, consideramos necesario formular los ejes básicos imprescindibles para vertebrar el movimiento de verdadera y efectiva resistencia a las tiranías nacionalistas y a los cómplices institucionales que las sostienen:

  • Defensa firme de la unidad nacional y del carácter de nación de España, de su cultura y de su historia.
  • Derogación del “Estado de las Autonomías”, fuente del poder de los nacionalismos y aberración política y económica. Lo que requiere propugnar la modificación de la Constitución, en éste sentido, y cambiar la Ley Electoral
  • Regeneración democrática en profundidad frente al sistema oligárquico de los partidos anquilosados.
  • Instauración, en todos los temas, del principio de protección de la población frente a entelequias políticas y derechos intermedios ajenos a las personas y a la colectividad del pueblo.

En éste documento proponemos un examen sucinto del cuarto punto, sin la pretensión de considerarlo cerrado, antes al contrario, agradeceríamos vuestras reflexiones y análisis para en una ulterior síntesis alcanzar una plataforma interpretativa común.

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La Utopía

Utopía es una palabra muy utilizada por todo tipo de charlatanes, desde políticos hastas cantantes, poetas y literatos. La utopía es una construcción teórica sobre la sociedad ideal. Se aplica a conceptos filosóficos y sociales, preferentemente a los de libertad e igualdad.

Hasta la fecha la aplicación práctica en pequeña o gran escala, ha terminado mal. El intento de encajar el carácter natural humano en el molde utópico ha generado nada más que aberraciones, represión, genocidios y miseria. Ya decía el escritor conservador Ángel Ganivet que los experimentos había que hacerlos sólo con gaseosa (porque sino las personas mueren).

La vida física y psíquica del ser humano se compone de egoísmos y altruismos alternados y ambiguos, cualquier rigidez al respecto provoca sólo autorepresión y tiranía.

Pero en el actual momento político de decadencia de los viejos modelos y las antiguas ideologías, la utopía deviene en tabla de salvación progresista o conservadora, asumida sin perder el paso en el trasvase de la defensa de las ya viejas dictaduras (Castro, Pol-Pot, Sadam, Pinochet, Hitler, Stalin, Lenin, Marx, Spengler, Jungre…) a las nuevas represiones “políticamente correctas”.

Las nuevas utopías son el aterrador horizonte ecologista, el provechoso buenismo oenegero, el globalismo salvador o los neopopulismos esperpénticos. ¿Quién paga siempre los resultados desastrosos de los experimentos y de las luminosas revoluciones?: la población, con su vida, su prosperidad y su libertad.

Pero la utopía queda bonita, destila buenos sentimientos desde el exterior, genera identidad, compromisos, altruismo, y sobre todos autocomplacencia. La fe, esperanza y caridad de los clásicos valores cristianos.

Estamos hablando de verdaderos movimientos sociológicos que contribuyen a movilizaciones políticas. Desde el férreo idealismo militante del comunismo a la pijería “políticamente correcta” de las ongs y el ecologismo.

Transformados en ideologías y lenguajes del poder, muestran ahora su verdadero rostro integrista y corrupto. Analizamos los valores que dicen defender y cómo se transforman en instrumentos de opresión y terror.

Ya en la época romana se decía “Libertas est potestas faciendi id quod Jure licet” (“La libertad es la facultad de hacer lo que el Derecho permite”) y “Libertas omnibus rebus favorabilior est” (“La libertad es la más preciada de las cosas”). Siglos después, en 1957, la famosa conferencia del pensador Isaiah Berlin, “Dos conceptos de libertad”, fijaría los dos caminos que la tan traida y llevada libertad generarían y que en el siglo XX han justificado dictaduras y genocidios.

Berlin definió la libertad de interferencia en los asuntos personales limitando el poder estatal como libertad negativa, y la positiva como libertad para generar un bien mayor. Esta última ha aplastado a la primera incluso cuando la primera parece dominar nuestra individualista sociedad moderna.

Todos los sabios de la Edad Moderna, de los renacentistas a los iluministas, de los radicales a los utilitaristas, han creado su utopismo social: Bacon, Lessing, Condorcet, Saint-Simon, Owen o Fourier, y como últimos intérpretes, Hegel y Marx, profetas del último cataclismo revolucionario inevitable y arrollador que salvaría a los pobres e ignorantes seres humanos de sus defectos y miserias y los llevaría hacia la felicidad.

La Libertad

Libertad es conocimiento, y este nos muestra nuestras limitaciones y errores justificados por la conciencia de la ignorancia humana, propia y ajena, y así llegamos al deseo de revolución, de un ámbito mayor, y de una libertad general que nos supera y ante la que debemos prostrarnos: “El triunfo del despotismo es forzar a los esclavos a declararse libres”   (rechazamos aquí que las masas gaditanas que gritaban “Vivan las cadenas” mostraran simplemente una defensa ciega y fanática del absolutismo. Más bien se trataba de una defensa de los derechos comunitarios que tenían en el Antiguo Régimen y que en el liberalismo serían eliminados a favor de una hipotética e intangible “libertad de mercado” que nada representa para quien nada posee. El desarraigo y el descenso del modo de vida que supuso la industralización pueden darnos una indicación de lo que intuían tanto esas masas “absolutistas” como los “enragés socializantes” de la Revolución Francesa).

Así que “el fantasma de la libertad”, “la utopía de la libertad” termina generando el liberticidio, la conculcación de las libertades reales en pro de la nación, la humanidad, la clase, la raza, la razón, el pueblo o la Historia. Como en la Revolución Francesa, la “voluntad de todos” termina sustituida por “la voluntad general”, con sus intérpretes profesionales y sus sacerdotes ungidos en nombre del pueblo.

Es curioso que todos estos grandes defensores de la Libertad, de la posibilidad de crear ese Paraiso en la Tierra por parte de los hombres, toman todas las medidas posibles para controlar y obligar a esos hombres a “ser libres” creando terribles dictaduras. No hace falta acudir a los “filósofos malditos” que criticaron la moderna “democracia de masas” (la teoría de las élites), Mosca, Pareto, Michels… para ver que los modernos medios técnicos a disposición de un poder cada vez menos personalizado y más fluido (como por ejemplo los medios de comunicación o la cultura y consumo de masas, con sus propias dinámicas), permiten a las élites, a su vez más difusas, saltarse las reglas y las ideas a la par que se presentan como sus máximos valedores y alardear de ellas, lo que constituye la base de los análisis sociológicos del “moderno maquiavelismo”.

Nos bastará con citar a Horkheimer y Adorno, repesentantes de la Teoría Crítica con su “Dialéctica de la Ilustración”, para concluir que ésta, un proyecto de liberación del ser humano de su ignorancia, termina por crear un mundo homogeneizado, en el extremismo ¿racionalista? (la razón aplicada a la utopía), la razón acaba por justificar lo irracional (“el sueño de la razón produce monstruos”), todos los procesos sociales y culturales que explican lo que hemos llegado a ser han entronizado a Auschwitz. El dominio racional sobre la naturaleza ha llevado a un dominio irracional sobre el hombre, del que las tiranías fascista y comunista no son sino las peores manifestaciones:

“La Ilustración, en el más amplio sentido de pensamiento en continuo progreso, ha perseguido desde siempre el objetivo de liberar a los hombres del miedo y constituirlos en señores. Pero la tierra enteramente ilustrada resplandece bajo el signo de una triunfal calamidad”.

¿Por qué es posible esto?, por una errónea concepción del ser humano y su naturaleza social. Este valora por encima de todo la integración (incluso bajo disfraces aparentemente “rebeldes”) y con ello la identidad, aunque esta sea variada, múltiple, fragmentaria, pero en todo caso definida. El ser humano, social y gregario, se ve reflejado sólo en la sociedad, de ahí su perfecta adaptación al entramado de la “sociedad de masas” y “de consumo”. Ninguna conspiración, ninguna perversión, simplemente se trata de la humana naturaleza.

La Igualdad

El igualitarismo, vinculado a la justicia social, ya centró la atención de pensadores cristianos pero fueron las utopías sociales quienes le dieron relevancia y de hecho eclosionan en la Revolución Francesa, como entidad social autónoma. Hannah Arendt sostiene que la deriva totalitaria y exterminadora de la Revolución Francesa viene dada por la inclusión de la Igualdad en el calendario revolucionario como meta autónoma.

Sea cierto o no, ésta estaba. El régimen jacobino estableció el concepto social de la propiedad, en la que el Estado era el propietario general ficticio, un supervisor, lo que provocó las acusaciones girondinas, defensores éstos de una “igualdad ante la ley”. Aunque el régimen no intentó avanzar hacia la “egalité de fait” de los “sans-culottes”, a los que no dudó en desarmar políticamente.

Pero en esos albores del mundo moderno industrializado, la exigencia de los pobres del campo y la ciudad de una protección estatal frente a las inseguridades y vaivenes del mercado y su correlato de miseria y hambre permanentes, no desapareció nunca. Y de hecho los proyectos socialista y comunista se basan en ello. El Estado como protector frente al desarrollo capitalista ciego.

Que ese igualitarismo generó una nueva explotación socio-económica protagonizada por una nueva élite política burocrática que administró (mal) la economía y controló la evolución social y política (en realidad las frenó) en su provecho, teniendo como destino la nada (el comunismo), es un detalle que suele ser pasado por alto.

De ahí que caído el “socialismo real” se desintegrara sorpresivamente el mundo ideológico comunista. Porque después de los experimentos chino y soviético, representantes cutres de las utopías del siglo XIX, no queda nada. Como dice la canción punk, “no hay futuro”. La realidad, buena o mala, es lo único que hay. Y siempre es mejor que el terror, la opresión y la miseria.

Por ello la política debe dejar de ser el continente de los locos y sus locuras, aparentemente angelicales y en realidad mendaces o genocidas (ahora tenemos a los ecologistas y las oenegocios), nuevas y más voraces e implacables oligarquías, la última de ellas es el nacionalismo. Ya sabemos lo que hace y cómo. También habla de “libertad” y pretende generar en su seno “la igualdad” teórica, excluyente de “los otros”, como en todos los totalitarismos. Alguien paga siempre la factura de la fiesta.

El nacionalismo es una facción política totalitaria. Ello quiere decir que surge e incide en el sector político como una facción pero que su tendencia es la eliminación de las restantes y la impregnación de su entelequia en todos los ámbitos sociales, “el fin de la Historia”, como su abuelo el fascismo, el nacional-socialismo y como el comunismo.

Pero queda claro que es una facción política, que utiliza de modo espúreo elementos de tipo cultural y falsamente históricos para legitimarse, agrupando tras de sí núcleos de intereses y sectores diversos, sirviendo de elemento de represión, simplificación y homogeneización sociales.

Esta heterogeneidad de funciones del nacionalismo se le escapa a muchos analistas y refleja su peligrosidad, tal y como ocurrió con el fascismo. Se dijo a posteriori que lo que sobrepasó a la clase política de su época fueron “sus aspiraciones ilimitadas”. Ese grado de totalización y expansión es lo que nos ha sobrepasado del nacionalismo, lo que fanatiza e irracionaliza a sus seguidores, lo que convierte en mesiánicas sus aspiraciones y lo que impulsa a sus dirigentes a lanzar esos absurdos y aberraciones públicas.

Acabada supuestamente “la era de las ideologías”, la necesidad de identidad, de legitimidad, y de control social, lleva a las élites políticas y los grupos de presión a los brazos (de conveniencia o de creencia) del nacionalismo, el integrismo religioso y las ideologías de lo “políticamente correcto”. El nacionalismo es la más letal.

Todo ello está enmarcado en una dejación de las funciones del Estado, de protector de la población, no sólo económica y de servicios básicos sino de aspectos más amplios del ser humano como tal y como ser social. Sólo queda la parafernalia, las inauguraciones fastuosas y el lenguaje hueco del corrompido mundo político.

En este marco las ideologías “fuertes” como el nacionalismo ofrecen a la población nuevos medios de integración/discriminación y de jerarquía y autoestima social, sin ningún proyecto real de solución de los problemas, pero con un peligro enorme de manipulación y movilización social.

El mayor error es no querer ver que sus fachadas “democráticas” y “liberadoras son meras tácticas de entrismo y desactivación de la posible oposición (“somos seis millones”), como hizo en su momento la subversión bolchevique (“todo el poder a los soviets”) o nazi (“derecho de autodeterminación de las minorías alemanas de otros países”).

Sus alucinaciones nos cuestan dinero a todos y empobrecen a la nación de modo grave. Su meta final es la eliminación o marginación subordinada de los que no pertenecen al “pueblo escogido”.

Sin ningún derecho, sin ninguna verdad, solamente conquistando el campo que nosotros vamos dejando libre por desidia o por salvaguardar el “consenso” y la “paz” (¿de los cementerios?) de las élites políticas y económicas. Como Chamberlain con Hitler.

Adelante. Por un proyecto de liberación nacional.

¡Unidad!

España es libertad.