Valores

Es un hecho incuestionable que las sociedades no son inamovibles ni sus características permanentes; todas son evolutivas.

En nuestro pasado reciente, el franquismo, tras reprimir a monárquicos primero y a falangistas después llevó adelante su proyecto de desarrollo económico sin política y exento de conflictos sociales, esto es: la utopía pretendida por todas las ideologías, e imposible a medio plazo. Una sociedad donde se expande el consumo de masas no puede ser igual en valores que otra puramente mercantil o agraria, y mucho menos heroica y caballeresca.

Con la vorágine financiera de la era socialista del pelotazo, España parece acceder al limbo de los grandes de la economía europea y la sensación de la población es que todos vamos a poseer todo (las actitudes de “nuevos ricos”, el engreimiento sin base…). Una mentira que con la crisis se revelará trágica.

Ese tipo de sociedad no es una sociedad de valores, especialmente cuando estos son manipulados y arrinconados por la filosofía del porquero, o del capitalista puro y duro, el materialismo más vulgar y el hedonismo ramplón.

Mientras, ese vacío, esa ausencia, ha sido ocupada por lo “políticamente correcto”, progre y colaboracionista con el poder. Pero sobre todo irrumpe el nacionalismo como sustituto de todas las utopías totalitarias fallecidas y una nueva religión, la religión de la identidad construida a propósito, impoluta, radiante. La nueva fe inquisitorial, el nuevo método de compensación de complejos y frustraciones sociales, aliada con las fachadas democráticas, progres y “políticamente correctas”.

La falta de valores nos ha llevado a la carencia de cohesión social, y con los separatismos, al desapego por la unidad nacional, a la propia Nación, y a nuestra sociedad como elemento humano heredero de un vasto legado cultural, y arraigado en un territorio.

Cuando no hay valores reales, o tan sólo la apariencia de ellos, queda el campo libre a la generalización de la corrupción, la arbitrariedad, y el abuso, en completa impunidad. Justo lo contrario de una sociedad decente, con un Estado decente, que se afirmen en unas metas claras, un fin, un deseo de protección, progreso y ensanchamiento de la Nación y el Pueblo, en definitiva: patriotismo (que no nacionalismo, que es el voluntarismo narcisista de los que no son).

No hay más prescripción que la necesidad de potenciar una educación cívica de los valores en todos los ámbitos de la sociedad, enraizados en nuestro sustrato cultural e histórico, al amparo de las veleidades de las modas “buenistas” y “políticamente correctas” (subrepticiamente totalitarias) y la reformulación de los medios y medidas institucionales que son fundamentales en la configuración social; no es una cuestión economicista, sea progre o liberal.

El patriotismo, lo mismo que la honestidad personal, implica valores y creencias firmes. Sin ellos vence la apatía del “hombre sin atributos”, de la masa amorfa, indiferente (y con ellas la mentira y la ignorancia), que es una actitud psicológica adquirida por procesos y manipulaciones más o menos sutiles de adoctrinamiento que coloniza, con éxito, el separatismo nacionalista.

Legitimidad de la intervención militar

Desde la Antigüedad se ha dado la intervención del soldado en la vida de la sociedad. Bien sea como Ejército del Rey o como Ejército de la Nación: el pueblo en armas y brazo armado institucional, el Ejército ha sido el guardián de la soberanía nacional, tanto frente a los conflictos externos como a los internos, que se agudizan cuando se produce una desafección, o rechazo, de los ciudadanos al gobierno de turno, a la élite dirigente, o al sistema político en conjunto, situaciónes en las que la solución militar resulta una salida política deseable.

(Ya en la antigua Roma el poder del emperador descansaba en la lealtad de las legiones -“la cólera de las legiones”- frente a los vaivenes de las alianzas políticas y de las intrigas en el Senado).

Precedentes

La visión que sistemáticamente suele darse de la intervención militar desde los inicios del siglo XX, es la de la alianza del Ejército, bien con un régimen totalitario (como la Alemania nazi) o con una dictadura unipersonal e indefinida en el tiempo (como la Nicaragua de los Somoza, o la República Dominicana de Trujillo).

Sin embargo numerosos regímenes militares no responden a ese esquema.

Muchos, a pesar de sus leyes de excepción y estados de sitio para combatir la subversión, mantienen su fe en el liberalismo económico y lo vinculan al político (como la Colombia de Ayala, o la Turquía de Evren) y por ello suelen limitar su mandato (el PRI en Méjico, que se sometió a sucesivos procesos electorales). Otros han intervenido para restaurar las libertades y el orden constitucional y democrático frente a un poder crecientemente tiránico (Turquía –en 1980-, Egipto –en 2013- ).

Incluso en el caso de regímenes más duraderos y personalistas, en sus orígenes encontramos conflictos de legitimidad o procedimientos políticos extra constitucionales que los explican, como el populismo o el caudillismo (Perón en Argentina).

En los casos de juntismo militar, quien gobierna es una institución, con sus propias reglas sucesorias, el poder frenando al poder; no es el poder absoluto. El intento del habitual “presidente-general” de saltarse los turnos, las pautas, o de recabar votos populistas lo hace caer en desgracia (Velasco Alvarado en Perú, Geisel en Brasil, Viola en Argentina; los ejemplos más característicos serían los de Argentina y Brasil bajo la forma de un “partido militar” colectivo).

Lo fundamental es que estos regímenes no pretenden crear un “hombre nuevo” –objetivo y pulsión totalitaria de las ideologías-, si acaso volver a un cierto conservadurismo, manteniendo la democracia sin corrupción partitocrática, una democracia corregida, y vigilada quizás, pero no un régimen antiliberal. O bien, como en el caso surcoreano (Park Chung-Hee), lograr la modernización y progreso económico del país.

El modelo turco de las intervenciones militares, entre 1960 y 1980 de “limpiar y devolver”, en un plazo de tiempo mayor o menor, es el modelo que predomina actualmente

Entre 1991 y 2006 hubo 43 intervenciones militares en todo el mundo, de las cuáles 31 (un 72 %) acabaron en procesos electorales.

La idiosincrasia militar es la no-ideología, lo que conlleva la carencia de recursos ideológicos para legitimarse de manera autónoma, no tiene partido ni pretende movilizar a las masas al estilo fascista o populista (como Metaxas en Grecia, Perón en Argentina, o Chavez en Venezuela).

En otros tiempos la Doctrina de la Seguridad Nacional (DSN), que fue el santo y seña en la Guerra Fría (es decir con la lucha anticomunista, la defensa del orden público…), fundamentó la legitimidad necesaria para, en algunos casos, interrumpir el funcionamiento democrático; pero esa etapa ya terminó.

 

¿España en horas decisivas?

En la situación actual de España se trata de un derrumbe total del sistema donde los separatismos, las autonomías y los partidos son la carcoma del sistema contra él mismo en base a los siguientes factores:

  1. Crisis -pérdida- de legitimidad de la casta política corrupta y desafecto de gran parte de la población tanto a los partidos como a los sindicatos.
  2. Inquietud social y debilidad institucional.
  3. Vacío de poder frente a los separatistas.
  4. Pérdida cualitativa del apoyo de las élites económicas.
  5. Crisis económica provocada por esta casta.
  6. Subversión institucional de una parte del sistema contra él mismo: los nacionalismos vasco y catalán, el plan Ibarreche y el desafío de rebelión de Mas.
  7. Hipertrofia autonómica que multiplica las élites locales, las redes clientelares, y el gasto inútil.
  8. Agotamiento de las estructuras y del liderazgo de los partidos de la Transición.
  9. Control económico y social extranjero, el imperialismo alemán disfrazado de saqueo europeísta.
  10. Destrucción de la fibra económica (industrial, agrícola, ganadera y comercial).
  11. Nula calidad de los servicios públicos y burocratización y politización institucional.
  12. Control e influencia sobre los medios de comunicación de masas.

El dilema en la España de hoy no es por lo tanto derecha o izquierda, desprestigiadas y agotadas, corruptas ambas e interesadas y burocráticas, sino la defensa de España frente a sus enemigos declarados.

La legitimidad de un régimen viene hoy dada en base a su adhesión a principios tales como:

– igualdad socio-económica

– libertades individuales

– identidad nacional

– procedimientos democráticos

Cuestiones que están hoy gravemente erosionadas en España, pero el arma más desestabilizadora es la agresión contra la identidad, la cultura y la unidad nacionales, en peligro por la ausencia total del Estado en las regiones controladas por los secesionistas, por la abierta violación de las leyes con el desafío secesionista, la práctica suspensión de la Constitución -cuando no el ninguneo abierto de ella-, el caciquismo de los partidos, la ocupación de las instituciones por ellos, y el fallo generalizado del sistema por la enorme corrupción. Obviamos la evidente ruina económica producto de la avidez saqueadora de la casta política y de su multiplicación a través de la costosa aberración autodestructiva de las autonomías.

El corte es radical, la solución debe serlo también: adecuada frente a unos totalitarismos secesionistas (mal) disfrazados de tolerancia.

El régimen resultante deberá eliminar de modo absoluto las estructuras y los elementos de los separatismos, localismos y partidos e iniciar un proceso de regeneración nacional que cumpla la necesidad histórica de generar un Estado y Nación unidos internamente sin elementos de disensión locales que hasta hoy han sido mantenidos y alimentados por los intereses políticos de unos y otros en base a sus herencias ideológicas, conservadoras o progresistas.

El sistema de partidos que se ha implantado en España en los últimos dos siglos es el de la Revolución Francesa: facciones sectarias fuertemente cargadas de ideología doctrinaria dominadas por camarillas intelectuales enfrentadas y con una importante presencia en los medios de comunicación de masas.

Estos partidos están muy alejados del modelo anglosajón, que se materializa en un turnismo pacífico y en todo caso patriótico, mientras que aquí la izquierda es antiespañola y la derecha aespañola y presta siempre a pactar con los secesionistas. El rechazo a ese modelo sectario ha llevado, en otras épocas, a postular totalitarismos y autoritarismos que han tratado de asfixiar el libre juego de tendencias e intereses en el seno del Pueblo, normales en la evolución de cualquier sociedad y que si se reprimen estallan. Ya en la Antigüedad existían tribunos de la plebe que la defendían frente a los privilegios de la aristocracia.

La unidad hay que reivindicarla justo frente a estas sectas que sólo se representan a sí mismas y que forman verdaderas mafias de ladrones, corruptos y arribistas entre los que se mueven como pez en el agua los separatistas. Como ya ha sido dicho: “la libertad no puede vivir sin la ley ni sin la fuerza que las sustenta”.

La idea que nos debe animar por lo tanto es el patriotismo, no la de ninguna facción por mucho que se haga pasar por “antipartido” o “antipolítica” al estilo de los fascismos o del franquismo. Ni tampoco alineados junto a los nuevos populismos y grupos de presión “políticamente correctos” sin legitimación popular pero bendecida por el sistema. Patriotismo que es precisamente de lo que han carecido todos los gobiernos de los últimos dos siglos.

Desde 1808, la insurrección popular-nacional contra el invasor francés y la Constitución de Cádiz, hecho revolucionario fundacional del moderno Estado-Nación español, todos los proyectos políticos han girado alrededor de la existente realidad nacional española, pero las alianzas de unos y otros (conservadores, liberales, progresistas, tradicionalistas, izquierdistas) con los oportunistas poderes locales, propiciaron que estos aumentasen el considerable poder que ya tenían en el pasado.

De este modo el aparente “Estado centralista” sólo fue un trampolín para la consolidación de los intereses y la expansión de sus élites locales, proceso en el que fueron especialmente beneficiadas la catalana y la vasca.

La Historia de España, más allá de la falsa capa de las ideologías y sus organizaciones políticas partidistas, constituiría la cronología de una lucha entre las élites locales organizadas y las estructuras políticas llamadas partidos, a veces confundidos todos ellos en alianzas y disensiones.

Por lo tanto la intervención cívico-militar sólo tiene sentido si proporciona una solución definitiva y total al problema, y no una simple contención temporal. La tolerancia y la convivencia con el enemigo separatista han fracasado evidentemente. Ahora se trata de nosotros o ellos. Sin máscaras.

El cumplimiento expreso de la ley, denostado como “un pobre argumento” frente a las pretensiones secesionistas, es el requisito ineludible en todas las constituciones del mundo. Y cuando el Gobierno en curso es remiso, o se resiste a hacerla cumplir, el Ejército debe intervenir.

En escasísimos, y bien estudiados casos, se contempla la posibilidad de secesión de un territorio, y las condiciones para la misma son lo suficientemente restrictivas como para que, raramente, pueda llevarse a cabo.

Nunca un referéndum, de autodeterminación o secesionista, resulta vinculante (aún realizado en condiciones democráticas: entorno de respeto constitucional, ausencia de cualquier modo de represión, medios de comunicación plurales no controlados ni condicionados en los que se defiendan todas las alternativas, una pregunta clara e inequívoca y el establecimiento de los porcentajes mínimos de participación y de resultados favorables a la secesión), sino que debe ser seguido por una negociación con el Gobierno existente cuyos resultados deben ser sometidos a la admisión, o rechazo, por el resto de componentes del Estado.

La afirmada “voluntad de un pueblo” (sin especificar exactamente quién es “todo” ese pueblo) nunca está por encima de la ley ni es un principio aceptado en ningún régimen existente. Así como tampoco es aceptable cualquier modificación constitucional expresa para facilitar la desintegración de un Estado.

Por otra parte la “secesión de facto”, el hecho consumado, que recientemente se postula como fórmula que sobresee la legalidad y la legitimidad es una situación nueva que, implicando el control efectivo de un territorio, sus límites y la población englobada, se resuelve ineludiblemente mediante un conflicto armado.

El proceso formalmente democrático puede, y debe, ser interrumpido en base al propio valor intrínseco de los cambios necesarios para detener las violaciones y abusos que, como es el caso, se han producido y siguen produciéndose burlando la legalidad democrática formal, destruyéndola, y abocando al país a su destrucción.

En cuanto al contexto internacional poco importa; tenemos en contra al imperialismo alemán y británico, y los intereses franceses en el continente africano, además, ser aliados de los EEUU es tan peligroso como ser sus enemigos, dado su complicado tablero de intereses y habida cuenta la inmunidad con que intervienen en los asuntos ajenos de la que no escapa la lábil situación actual de España, la falaz OTAN de la que no hay nada que esperar, mientras que por otra parte la UE no es más que la trampa para la explotación económica por el IV Reich germano.

No hay más alternativa que avanzar.

Sediciosos, Golpistas, Traidores: ¿Maniatar al Ejército?

A petición de los secesionistas hay que represaliar duramente a cualquier militar que exprese su disposición a defender la unidad de España.

Esta nueva acción ofensiva, en consonancia con actitudes que ya se han ido detectando en el actual Gobierno, se produce en un contexto en el que se airea insistentemente la necesidad de cambiar la Constitución para adaptarla a las exigencias de los secesionistas antiespañoles.

Ni se contempla la posibilidad contraria: de recuperar competencias por el Estado o de prohibir partidos secesionistas (como se da en casi todas las constituciones existentes).

Ni de modificar la actual Ley Electoral, por la que partidos irrelevantes en el conjunto del país son los verdaderos rectores de la vida, y muerte, del mismo.

La maniobra se completa con la perspectiva de la casta política:

IU, decidida a que hay que disgregar el país.

PS (¿oe?), antiespañol vergonzante, forzando el trágala del federalismo, que abre la vía a la autodeterminación, es decir la secesión, “legal”.

PP, que dice ser el partido que defiende la unidad de España. Mentira. En su universo “la economía lo es todo”, esto es, todo se puede comprar y vender, todo se puede negociar. Todo. La Nación Española, para estos, no es más que un señuelo electoralista cuando, como ahora, sus perspectivas son negras.

De los demás, no vale la pena ni comentar.

En conjunto, tal y como suceden los acontecimientos, estamos asistiendo a un golpe de estado. No a un golpe abrupto, sino a un golpe subrepticio, paso a paso, sin que se note mucho, forzando la legalidad, con grandes dosis de cinismo, utilizando la democracia (aunque sea degenerada) para destruir el propio Estado. Este método ya se ha visto en la Historia. No es ninguna novedad.

Pero los secesionistas amparándose en la condición de “electos” democráticamente, pretenden, en un avance más, que el Ejército no pueda defender la unidad de España ni intervenir contra quienes intenten desmembrarla.

Estamos acostumbrados a sus manejos y manipulaciones de los conceptos. El hecho de ser electo democráticamente no hace legales ni legítimas sus declaraciones y acciones, máxime cuando éstas vulneran la Constitución que han jurado, o prometido, cumplir y respetar y gracias a la cual son “electos”, pues de ella proviene su legalidad democrática, no de sus “electores”. De lo contrario ¿qué hacen en el Congreso y Senado del enemigo?, ¿porque se presentan a las elecciones convocadas por las leyes de un país del que no reconocen ni su existencia?

Si la casta política pretende que el Ejército no pueda defender la unidad de España, cuando está claramente amenazada y negada, ¿para qué lo queremos?, ¿para ir por esos mundos defendiendo los intereses de otros – que no son nuestros aliados, como se verá-, y dejando de lado nuestros intereses propios?, de igual modo que ¿para qué queremos policía, jueces y fiscales al servicio exclusivo de las facciones políticas?

El deber del Ejército es ante todo defender la unidad de España, y así debe expresarlo, independientemente del poder político cuando, como es el caso, ese poder que se está revelando compuesto por sediciosos los unos, golpistas encubiertos los otros y traidores los restantes, está haciendo dejación de su mandato Constitucional.

El proceso sedicioso y golpista que se está desarrollando ante nuestros ojos debe ser extirpado de cuajo.

El Ejército debe tomar el poder.

Debe arrestar a toda la casta política, reestablecer el orden nombrando un Gobierno provisional que inicie un nuevo proceso constituyente que refunde el Estado unitario con bases auténticamente democráticas, con una nueva Constitución y ley Electoral, imponiendo un poder judicial independiente, excluyendo, como en todas partes, los partidos secesionistas, y eliminando las ruinosas y corruptas autonomías.

La población patriótica y leal le secundará y legitimará.

El proyecto de Mas

Y seguimos acertando. Tal y como vaticinamos, la jugada de Mas le viene grande. Destinada a lograr más votos, en realidad le restan, así que ha retrocedido para lograr su objetivo real: seguir en el poder, tener más dinero para financiar su enorme burocracia inútil y mantener el momio.

Eso es el sistema y en él cada uno juega a su juego.

Así el PP post-Bárcenas sigue con su gobierno de gestión, cobarde y marrullero como siempre han sido los conservadores. El PSOE intenta estructurar una oposición a pesar de ser una cáscara vacía liderada por el dinosaurio Rubalcaba, donde ya echan mano de la tercera fila de segundones porque la primera y segunda ya están agotadas.

Mientras los separatistas de ERC engordan con su oposición-apoyo (¡!) a Mas y esperan el turno de gobernar, o sea de seguir robando, y después ya se verá, que es el lema de todos ellos. El mañana no existe.

No hay que olvidar el análisis que del nacionalismo hace J. Breuilly: “una estrategia de unas élites arribistas para obtener poder y recursos”. Una banda de rateros.

A quienes les ha ido muy bien la manipulación de Mas-TV3 es a los de la ANC de la cadena (infra)humana, porque sin ese apoyo oficial hubiera sido una más de las chorradas sin trascendencia de los separatistas. La gente sólo participa en las romerías del poder constituido.

Y van con los carritos con los niños. Eso no es una manifestación, es un pasacalles de fin de semana. Los fenómenos políticos, hoy, son simples modas. Hubo la moda de la democracia, del destape, del cambio, del va bien, de la ceja, de la selección nacional y ahora del separatismo. No hay más que ver la cantidad de gadgets comerciales que ha generado.

Pero todo ello enmarcado dentro del juego de las ambiciones y tácticas de las facciones políticas.

Ahora la podredumbre del sistema se combina con la crisis económica y sus propios componentes rompen la estabilidad para obtener más recursos para sus tribus de caciques. Y no los hay. Mejor para nosotros. Cuanto peor, mejor. Fuera caretas. Gracias Mas, Rajoy y ZP.

Ha llegado la hora de cargarse el sistema partitocrático-separatista a toda costa. El brazo armado de la Nación debe actuar.

Ningún pacto entre partidos puede frenar la caída. No hay más dinero que robar.

¡ Insurrección  cívico-militar.!

“Reformeros”

¿Aún ahora tenemos que seguir escuchando las mamarrachadas hipócritas de los reformistas que minimizan las consecuencias y alcance del totalitarismo separatista y siguen proponiendo paños calientes y medias tintas?

Abandonistas de España como Losantos o César Vidal, con su liberalismo guay, exsocialistas (y exseparatistas) como Rosa Díez o Fernando Savater, aprovechados timoratos como Rivera o de Carreras de eso llamado “Ciudadanos” (¿Ciudadanos del mundo, de la  Europa germana y de la Constitución ninguneada?), periodistas como Pedro J. Ramírez que aún apoyan las autonomías y su reforma (¡si el PPSOEIU no puede autoreformarse cómo lo van a hacer las autonomías y los separatismos!), elitistas “enfants-terribles” como Iván Tubau, equidistantes “no-nacionalistas” como los de la Asociación por la Tolerancia y de los Robles, Romera, y Maritas, que fastidiaron durante más de una década la formación de un movimiento anti-separatista real y antagonista con sus ambigüedades y politiqueos baratos, o ultraderechistas “identitarios”, es decir renegados como todos ellos, avalistas de localismos tradicionalistas enemigos del “jacobinismo” español como son Ernesto Milá o Ramón Bau. Traidores.

Todos ellos, derecha e izquierda, con sus tics ideológicos de hace doscientos años coinciden en ningunear a España. Carecen todos ellos de lo único que nos puede salvar: el patriotismo y la honradez política.

Porque desde hace dos siglos todos los regímenes, TODOS, se han dedicado a realizar sus aberraciones ideológicas a costa del bienestar del Pueblo y de la estabilidad de la Nación.

Y que nadie saque lo de Franco porque fueron cuatro décadas perdidas para la renovación, bloqueada por el “haga usted como yo, no se meta en política” versión conservadora, que suponía no incentivar nada, incluido el patriotismo, como bien quedó demostrado en el vergonzoso abandono de Ifni y el ocultamiento de nuestros soldados caídos frente a la guerrilla marroquí.

El desafío ha sido, desde siempre, contra la Nación y el Pueblo, es decir contra España.

No pueden haber medias tintas ni rectificaciones porque la partitocracia y sus amigos separatistas van a por todas.

Más despilfarro

La siguiente es otra payasada, porque como todo el mundo sabe, la demanda es abrumadoramente nula. Como ésta las hay a docenas. Todas estas bromas (además de los grandes robos) hay que pagarlas a costa de notables recortes en cuestiones básicas, pero al rebaño no le importa porque ya se sabe: el nacionalismo es caro. Los nenes mal criados quieren el jugete a toda costa.

Incidentalmente, invitamos a los lectores que gasten un poco de tiempo en averiguar el curriculum de las dos profesoras, es ilustrador.

Egipto-España: similitudes en la necesidad de una intervención militar

El 4 de julio el Ejército egipcio da un golpe de mano y depone al presidente islámico Mursi. Lo hace para frenar la deriva totalitaria propia del islamismo, su nepotismo y su ineficacia económica.

El parecido con los separatismos que nos explotan y oprimen es evidente.

 

Salvar la libertad frente al asalto a la democracia.

En nuestro caso de la partitocracia, la ruina económica del aberrante Estado de las Autonomías, y el totalitarismo y subversión interna de los separatismos, amén de su inoperancia económica y gasto desbocado. El nacionalismo es un totalitarismo como lo es el islamismo.

 

Las masas en la calle, en la plaza Tahrir, protestan, se movilizan. Pero representan tendencias diversas y sobre todo no llevan un proyecto político viable y de Estado. Nunca lo tienen.

El Ejército es una institución, y con apoyo civil puede liderar una transición hacia un nuevo régimen democrático constitucional y lograr la unidad nacional, eliminando la casta política corrupta y los separatismos saqueadores y opresores.

 

La oposición poco ha pintado en este movimiento, no es representativa y sus raíces ideológicas son ambiguas. La iniciativa de recogida de 22 millones de firmas contra Cursi propuso el mismo programa de los militares. No es casualidad sino un buen trabajo de los servicios secretos militares.

Por lo tanto las organizaciones opositoras no son necesarias a priori, el movimiento de apoyo y limpieza surge después de la intervención. La agitación puede venir del propio enemigo, de pequeños grupos o de las diversas crisis que surgen.

 

No han sido sólo las manifestaciones las que han decidido al Ejército a intervenir. El gobierno islámico y su partido, los Hermanos Musulmanes, llevan tiempo utilizando el odio sectario contra los chiitas y los coptos, y apoyando la yihad en Siria. El Ejército temía una espiral de violencia dentro y fuera del país y con una economía arruinada.

No se trata de la usual espiral de coacción y prepotencia habitual en los Hermanos Musulmanes contra coptos y chiítas, y contra su propia gente también, sino del proceso del totalitarismo islámico, que tiene en su actitud parlamentaria un reflejo de la que exhibe en la calle.

Un totalitarismo que, como el de los nacionalismos separatistas que nos oprimen en España, aspiraba a controlar todos los ámbitos sociales a través de una violenta dinámica de movilización de sus masas apoyada por la acción gubernamental.

Esta, junto con la debilidad institucional, convertían a Egipto en un polvorín social previo a una dictadura islámica aunque fuera con el guante blanco del ejemplo del partido islamista turco, el Refah, su principal mentor.

La reacción antiinstitucional de los Hermanos Musulmanes se corresponde con el agresivo sectarismo que los define. “El vientre del que surgió la bestia aún permanece fecundo”.

Es un proceso revolucionario similar al iraní que debe ser aherrojado a cualquier precio por el Ejército.

Como aquí con el desafío separatista vasco y catalán, sus embajadas y su caos económico.

 

En una deriva suicida para lograr el poder absoluto en las instituciones, el gobierno islámico y su partido se ganaron la enemistad del poder judicial y del Ejército, que se aliaron con las posturas de la oposición laica.

La misma tentación totalitaria de los separatismos en España. El naufrago Mas se ha aliado con ERC (y en Egipto los Hermanos Musulmanes con terroristas y yihadistas). Han cometido el error de situarse en contra del sistema al que pertenecen y caer por lo tanto en la ilegalidad.

Como ellos, Mas pretende ahora lanzar constantes desafíos, transformándose en un rebelde marginal y, aún peor, perdiendo apoyos a favor de los más radicales, hasta llegar a un callejón sin salida, lo cual es para nosotros una gran oportunidad.

 

La tentación a evitar en Egipto es la introducción de un régimen con viejas figuras de la era Mubarak. “

En España será errónea intentar llegar a un consenso con los representantes de las lacras que nos asolan (separatistas, asociaciones civiles, sindicatos y partidos, todos corruptos) en lugar de eliminarlos así como a sus bases sociales y económicas de apoyo.

 

Muchas similitudes con una solución, la egipcia, que para nosotros los españoles es la única en la gravedad actual.

¡Viva España! ¡Viva el Ejército!

 

IU se quita la máscara

¡Al fin IU, por boca de Cayo Lara (29-05-2013), se destapa y se declara partidario de la desmembración de España!. Celebramos que se aclaren las posiciones. Ya no caben dudas respecto a esa formación abiertamente antiespañola ni sobre sus militantes y votantes.

IU se quita la máscara

Los nacionalistas, más coherentes – en eso al menos- siempre se han manifestado antiespañoles.

Mientras el PS(¿oe?), también antiespañol -la única seña de identidad de la autodenominada izquierda y de la progresía- no se atreve a manifestarlo explícitamente por miedo electoral, y anda haciendo contorsiones extrañas acerca del federalismo, asimétrico, confederal…

¿Y el PP?. Ajeno por completo a la idea de España y de Nación, que no existen en su imaginario y que incluso les incomodan y han contribuido a debilitar y a destruir, solo las invoca y utiliza sus símbolos, con oportunismo electoral, porque los demás no lo hacen, y así captar algún voto ingenuo.

¡Todos estos traidores, desleales, codiciosos y corruptos deben desaparecer !

Sucio reformismo

Escuchamos hablar a Rosa Díaz, líder de UPyD: todo es ahorro suprimiendo diputaciones y unificando ayuntamientos.

De las autonomías nada, aparte de alguna devolución de competencias, como Educación, elemento primordial de adhesión social, suicida y alegremente, cedida a los separatistas.

Su argumento cumbre es la desigualdad en los servicios a los ciudadanos. Invocación al Estado de Bienestar cuando ya no es posible económicamente y menos con autonomías

Y es que nadie se atreve a tocar el tema crucial de la aberración autonómica, que es nacional, económico y socialmente ruinosa.

Los intereses ocultos tras el 15-M y su futuro partido racial ocultan este gasto, mientras se meten con todos: Ejército, Monarquía…y, muy curioso, a las autonomías las defienden.

La piedra de toque de cualquier movimiento regenerador de la vida pública es este. La prueba del algodón.

No hay, por lo tanto, un reformismo real.

Es un reformismo sucio, infiltrado y condicionado por el separatismo. En la acampada del 15-M anterior, el abogado asesor del movimiento era el de los etarras. El “derecho de las autonomías” fue por delante, claro.

Sin una posición revolucionaria fuerte no hay norte ni plan, y se terminará yendo a donde no se quiere. Lo que pretenden los reformistas es retroceder a un punto indeterminado en el pasado de la deriva separatista. Quince o veinte años atrás, y ahí quedarse (para emprender de nuevo el mismo proceso…el cuento de nunca acabar).

Ingenuidad, los separatistas siempre han dicho que sus metas son ilimitadas. Ni siquiera se pararían con la independencia y la anexión de otros territorios (Valencia, Navarra, Baleares, Aragón), quieren destruirnos, explotarnos, esclavizarnos, humillarnos.

Somos sus judíos: envidiados, odiados, temidos y deseados. Somos su complejo.

Así que aplastar el sistema autonómico-separatista y partitocrático es la única meta.

Lo demás es circunstancial y secundario.