Patriotismo

El patriotismo como pensamiento fuerte y necesario

Desde la promulgación de la Constitución Española de 1978 que innecesariamente estableció el aberrante “Estado Autonómico” (cuando no había demanda social para ello) se puso en marcha una dinámica de regionalización y de fragmentación, que, si bien, ya presente en el seno de algunos partidos caló rápida y profundamente en todos.

Todas las “ideologías”: liberalismo, conservadurismo, monarquismo, centrismo, carlismo, neo-fascismo, social demócratas, socialismo, comunismo, anarquismo, republicanismo, ecologismo, feminismo, etc. han incorporado a sus doctrinas el nuevo paradigma como una verdad natural e indiscutible. El nuevo signo de modernidad y de progresismo, forma parte de la dictadura de lo “políticamente correcto” e incluso se ha convertido en un principio inamovible.

Hasta tal punto se ha interiorizado la fragmentación, que los partidos políticos han adaptado su propia estructura a la misma. Han abierto así un amplio campo de posibilidades para satisfacer ansias de poder, de intereses económicos y de desmesuradas ambiciones personales, lo que hace extravagante la evidente necesidad de acabar con esta forma de Estado.

Pero no solo los partidos, también casi todos los sindicatos, quienes en flagrante traición a los trabajadores se amansan y cooperan con el poder cuando es ocupado por las autodenominadas “izquierdas”, se suman abiertamente al separatismo.

Entre todos han vaciado la idea de España como unidad histórica hasta reducirla a la nada cuando no a una invención franquista rechazable.

Y, naturalmente, los nacionalismos son los beneficiarios absolutos.

Estando todas las “ideologías” y facciones políticas actuales contaminadas con la misma convicción, les es imposible entregarse al objetivo del bien común.

Todas estas circunstancias hacen imprescindible reavivar y reivindicar a la patria y al patriotismo para atajar la degradación.

Contra las ideologías y los partidos.

¿Dónde estamos?

Consideramos que el ciclo de las ideologías ha terminado. Esos sistemas de ideas que pretendían reformar la sociedad desde construcciones intelectuales se han mostrado fracasos descomunales.

Han generado totalitarismos monstruosos, asesinos, concentraciones de poder, perversiones de la conducta humana y la más completa negación del individuo. Y en lo económico: desastres.

Pero no por ello creemos en el “final de la política”, ni tampoco en las soluciones simples y negativas que no pueden servir ya que vivimos en una sociedad compleja, con una economía avanzada, en la que las relaciones ciudadano-Estado y organizaciones políticas-Estado son una cuestión más acuciante que nunca.

El creciente distanciamiento y vacío que se ha producido entre la población y el campo político en el que solo hay corrupción, engaño, y demagogia, es indicativo del fracaso moral y ético del sistema político actual en España.

La garantía de la continuidad de nuestra vida social para que sea fructífera en todos los órdenes, y cohesionada, requiere una renovación que va mucho más allá del mero cambio de personajes surgidos del aparato de unos partidos que “ocupan” el cauce de la representación, pero cuyos contenidos y acción están muy alejados de aquellos a cuyo servicio deberían estar. Sus verdaderas finalidades, intereses, y objetivos, no coinciden, en gran medida, con los de la población. El presente teatro electoral ya no llega a ocultar la divergencia. Los actuales partidos políticos son ampliamente despreciados y sus sindicatos también.

La profundidad y radicalidad del cambio necesario en el sistema no puede realizarse inventando otra nueva construcción ideológica que emerja, sorpresivamente, del vacío.

Patriotismo ahora: la reivindicación de España.

Cualquier nuevo marco político que, comprometiéndose con valores morales que garanticen la protección del pueblo, su progreso, su libertad, el desarrollo económico y cultural, así como su representación y participación democrática efectiva, debe fundamentarse en nuestra realidad que se materializa en : una construcción política e histórica común, en un territorio que configura un  país estable, en una memoria histórica común, en una población que comparte una profunda, y extensa, herencia cultural, y en una sociedad, que como colectividad consolidada, es una innegable realidad sobre la que se ha sustentado conscientemente, desde antiguo, la idea de patria y la adhesión afectiva a ella.

Esta idea y su manifestación, el patriotismo, ha trascendido a diversas etapas y cambios históricos, a diversas formas de Estado y de gobierno, y si bien en bastantes ocasiones ha estado ausente en las elites dirigentes, cuando no grotescamente manoseada por ellas, ha pervivido en la población.

No hay duda de que en estos momentos la afección a la patria se ve debilitada; tanto por la acción demoledora de residuos ideológicos presentes en algunos partidos y por la necia indiferencia de otros, como por el acoso y agresión constante de los nacionalismos que detestan la idea de España e incluso niegan su existencia histórica.

Pero el ímpetu y la determinación necesarios para acabar con el excepcional contexto actual en España solo pueden emanar, primordial e ineludiblemente, del patriotismo, que en su continuidad, ha sido y es, una idea fuerte de afirmación española sin connotaciones.

El patriotismo no es una “ideología” que todo lo abarca, que todo lo explica, y que a todo pretende dar soluciones.

Es un pensamiento político, cívico, que estructura la expresión de responsabilidad, de valor ético, de compromiso y de cooperación, que guían e inspiran el comportamiento social de los individuos no solo frente a los problemas actuales concretos, sino para recuperar la Patria, hoy menospreciada.

El afecto y lealtad al propio país, la empatía con los conciudadanos, que el patriotismo proyecta, sin coerción, más allá de los límites y empeños personales y por encima de las diferencias de todo tipo (sociales, políticas, culturales…) da realidad a una solidaridad y complicidad social, que debe orientar todas las actividades y condiciones políticas al objetivo permanente del progreso, desarrollo y bienestar común (moral y material), y que debe rechazar inapelablemente exclusiones e intereses espúreos que destruyen la igualdad de estatus y reconocimiento de unas partes de la población en beneficio de otras.

Llamamos a un patriotismo enérgico, que, basado en esos valores morales, sea el instrumento que impulse el resurgir, decidido y firme, del protagonismo del pueblo español en la defensa de la integridad del país y del interés común ante la defección de los actuales partidos, y ante la ruina a que nos ha conducido la actual estructura autonómica, los separatismos –productos de ella-, la inmoralidad, la corrupción, y el envilecimiento de la vida pública y en muchos casos también de la privada. Lacras, que, como pueblo, debemos eliminar, para nuestra recuperación y pervivencia.

  • Afirmamos que ese pensamiento es la única alternativa fuerte y tajante que encarna la voluntad de evitar el desastre a que nos precipita el corrupto sistema partitocrático, su sistema autonómico, los separatismos que ha alentado, y la consecuente disgregación de España.
  • Afirmamos que el patriotismo surge de una actitud positiva hacia nuestro país, real, histórico, y hacia el pueblo que constituimos; sin fantasías ni idealizaciones. No manifiesta hostilidad hacia los demás países, ni procede de concepciones étnicas o xenófobas.
  • Afirmamos que el patriotismo no es vicario de ninguna ideología. No es de “derechas” ni de “centro” ni de “izquierdas” (ni de ninguna facción radical de las mismas).
  • Afirmamos que es una actitud desvinculada de partidos concretos, independiente de todos ellos, ajena a la acrítica exaltación chauvinista, al egocentrismo y al extremismo, disociada y hermética a la ideología nacionalista y su totalitarismo anexo.
  • Afirmamos que tampoco está, por si mismo, ni a favor ni en contra de ninguna forma de gobierno o régimen político predeterminados. En consecuencia es compatible con diversas políticas (económicas, sociales, culturales…) que evidencien la voluntad de servicio al país, a la sociedad que lo conforma y a su cohesión.
  • Afirmamos que es un afán permanente, racional, crítico, y vigilante, dirigido con tenacidad al servicio de nuestro país y al bienestar de nuestro pueblo.

Conscientes de la fuerza del patriotismo todas las ideologías han tendido en un momento u otro a atribuírselo e instrumentalizarlo, oportunistamente, en su propio interés; y también, en otras ocasiones, a denigrarlo.

Muy en particular la ideología nacionalista trata pertinazmente de asimilarlo e identificarlo con ella misma, y a utilizar intercambiablemente ambos términos. Pero esa pretensión no encaja con su propia realidad.

La artificialidad e irracionalidad del nacionalismo.

El nacionalismo realmente existente” es una doctrina reciente (finales del s. XIX) surgida de la oleada del romanticismo y el historicismo.

Sostiene el mito de que la humanidad está dividida en naciones “naturales” que constituyen sus unidades básicas, de que las naciones han existido desde tiempo inmemorial y de que son el destino ineludible de todos.

En consecuencia la “nación” que esta ideología inventa, e impone, tiene que basarse en grupos humanos unidos por la íntima conexión de los adecuados antecedentes comunes: de origen (raíces ancestrales), históricos, étnicos y culturales.

El grupo homogéneo con respecto a esos elementos “es la nación”, la raza –término desprestigiado- es sustituido ahora por la “etno-cultura” (lengua, tradición…) que materializa su peculiaridad en: el “espíritu del pueblo”, la “mentalidad colectiva”, el “sentimiento”, el “carácter nacional”, el “hecho diferencial” y por ello la “realidad nacional”. Todo eso constituye la “identidad”. Identidad colectiva, única, obligatoria, que impone su primacía moral sobre el individuo.

Para el nacionalismo, esa homogeneidad establece la “pertenencia” y es el único fundamento legitimador de toda unidad política. De ahí surge la inviolable cadena de: etnicidad – cultura – nación – Estado, que da pie a la supuesta situación vejatoria de las “naciones sin Estado”, y con ella, al resentimiento y el victimismo.

Pero la realidad histórica se contrapone, tercamente, a ese irracionalismo sentimental.

Las “naciones reales” forjadas por la historia, como la Nación Española, no han sido generadas por esa ideología a la que preexisten en siglos y no requieren, para ser, de nacionalismo.

El hecho circunstancial de que la misma palabra “nación” haya representado, y represente aún, significados muy distintos lleva a confundir, interesada y malignamente, a la “nación histórica” con la “nación identitaria” que define el nacionalismo.

Eso permite a algunos escamotear los contenidos exclusivos y patológicos de la ideología nacionalista haciéndolos extensivos a todos, y, fingiendo posiciones “equidistantes”, atribuir esa misma génesis tanto a los nacionalismos (en nuestro caso: catalán, vasco, etc.) dándoles respetabilidad, como al patriotismo español y a la Nación Española que resultan (por la misma ideología) desacreditados.

La realidad es que el nacionalismo “crea, inventa, sus naciones”.

Las “naciones” y las “identidades” no son “datos” de la naturaleza.

Las condiciones que la ideología nacionalista invoca para conformar “naciones legítimas y naturales” no se dan, en la realidad, ni incluso en territorios limitadísimos.

La homogeneidad y la identidad requeridas son puras construcciones que ha de imponer mediante procesos de transformación social para “crear esa realidad” artificialmente: con la manipulación de la historia (mezclando realidad e invención, depurándola de elementos incómodos), con la invención de rasgos etno-nacionales, y con la destrucción de la “cultura real” purgándola de los elementos considerados impropios, sustituidos forzadamente por otros de mayor “pureza identitaria” aunque sean falsos (nada más ajeno a la “diversidad cultural” que dicen promover).

Estas manipulaciones se introducen mediante el control de la educación, pervertida en adoctrinamiento, mediante el control de los medios, y mediante la infiltración en la sociedad a todos los niveles y en todos los ámbitos.

En el proceso se pisotean derechos individuales que no tienen cabida frente a los de esa “nación”. Se oprime, se excluye, se veja, se justifica el recurso a la violencia y el crimen directa o indirectamente, y aunque se finja condenarlo se aprovecha sin escrúpulos como método para lograr objetivos políticos. Las mismas razones sustentan las ambiciones de expansión territorial bajo la excusa de reunir en el mismo estado a “todos los miembros de la nación” (incluso contra su propia voluntad).

La ficción insidiosa con la que machaconamente se acosa al individuo, cala en el imaginario y radicaliza las frustraciones que recaen en el “otro” sobre quien se acumula todo lo execrable, y siempre, “la culpa”. Así se alimenta un sentimiento de exclusividad y de superioridad que afloran el verdadero racismo y xenofobia latentes. Porque el nacionalismo, para definirse, necesita crear un enemigo exterior, en nuestro caso España y los españoles, y un enemigo interior: la disidencia con la identidad obligatoria.

No nos dejamos engañar por la farsa que representan los inmigrantes que se adhieren entusiásticamente al separatismo. Les permite darse aires de tolerancia y acogida aprovechando el oportunismo de quienes desean, o necesitan, “integrarse en el grupo”. Al lobo le interesa disfrazarse de cordero, pero para él no son más que “tontos útiles”.

Tampoco hemos de dejar de lado que la ideología nacionalista está dirigida al consumo y movilización de masas, y una coartada en su utilización política por las oligarquías económicas y políticas locales para hacerse con el poder exclusivo.

En consecuencia no puede confundirse el patriotismo con la ideología nacionalista, la manipulación nacionalista, la excusa nacionalista, la invención nacionalista de lo que no existe o no existió nunca. El nacionalismo es la ideología de los que no fueron ni son. Es un onanismo político y un narcisismo social.

Nuestro patriotismo es antagónico al nacionalismo, es incluso un antídoto contra él; no comparte el mismo conjunto de ideas ni actitudes (pese al empeño de los nacionalistas en equiparase a nosotros).

Nuestra responsabilidad.

Y, una vez más, el cambio político, necesario ahora, tiene que surgir de nosotros mismos, y no del sistema actual de partidos y de políticos (que siendo el problema no pueden ser, a la vez, la solución).

Se impone a la actitud patriótica española la tarea de eliminar absolutamente:

  • La constante descalificación de la unidad de España como interés y bien común.
  • El caciquil y saqueador sistema autonómico.
  • Las ventajas territoriales basadas en particularismos, inventados o no.
  • La colonización de las instituciones del Estado por minorías y grupos de presión que coaccionan su actividad.
  • La dejación de los gobiernos en el cumplimiento de las leyes y de la exigencia de las mismas a todos.
  • La sumisión de la Justicia (y los jueces) y de las instituciones sociales a los partidos políticos.
  • La abolición de la actual Constitución y Ley Electoral, sustituidos por una nueva Constitución Española que garantice la unidad, proteja la convivencia, la verdadera representación democrática, la justicia independiente, y conduzca a la reconstrucción de una España unida, y sobre todo más decente.

Y aunque no esté de moda, vituperado y descalificado aviesamente para desactivarlo, el patriotismo como lealtad primordial es la única fuente de legitimidad política.

 

 

 

 

 

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